Actitudes familiares ante las TIC

¿Es posible conseguir una navegación segura para nuestros hijos?¿Hay alguna posibilidad de que estemos tranquilos porque tengamos controladas todas las amenazas que se esconden tras la red Internet?


Sin duda se puede garantizar un aceptable nivel de seguridad, siempre que a las herramientas tecnológicas de control se añadan grandes dosis de sentido común. También habrá que decir claramente que es imposible una seguridad absoluta. Podemos afirmar que quien se conecta a Internet está abriendo en cierta medida la puerta de su casa a gentes de buenas y de malas intenciones. Puede poner medios para  dejar entrar sólo a quien considere de confianza, pero incluso si lo hace bien, es posible que se cuele algún elemento indeseable que le complique la existencia. Si quienes usan el ordenador son los niños, tendremos algún factor añadido de peligro, pero no porque sean más torpes o más inconscientes, sino porque las actividades que desarrollan en la red son más arriesgadas en sí mismas, y porque las consecuencias sobre ellos pueden ser más delicadas. Sin embargo, el sentido común debe imperar en los internautas de todas las edades. No olvidemos que las víctimas del phishing son gente adulta.  También suelen ser adultas las personas que saturan los buzones de correos electrónicos con cadenas que casi en su totalidad contienen informaciones falsas y suelen ocultar un excelente sistema de recolección de direcciones de correo para los spammers.

Pero como es muy difícil modificar las costumbres de los adultos, vamos a centrarnos en las precauciones que podemos adoptar para que los niños disfruten del potencial de las tecnologías manteniendo a raya algunos de los peligros que nos preocupan.



¿Dónde ponemos el ordenador?

Para empezar, deberíamos ponernos de acuerdo en lo que es conveniente que hagan los pequeños y lo que no lo es. Vamos a poner una barrera psicológica y flexible en los 14 años. ¿Por qué 14 años? porque es una edad en la que los chavales adquieren cierta autonomía de movimientos. Van a atravesar el ecuador de la ESO, empiezan a moverse solos por su entorno y también empiezan a ser admitidos en redes sociales virtuales. Como padres, educadores o tutores nos preocupa mucho que a los niños les pueda ocurrir algo malo, y debemos gestionar la tensión que se produce entre nuestra obsesión por protegerles a toda costa y la necesidad vital que ellos tienen de construirse espacios de libertad y autonomía. Por desgracia, muchas veces hay elementos ajenos a esta tensión que se introducen en la toma de decisiones y que desvirtúan el carácter educativo de las mismas. Me refiero a la publicidad y a la presión de compañeros y compañeras que ya disponen de móvil, o de acceso a Internet, o de cualquier otro elemento que, al generalizarse entre iguales, amenaza con convertirse en imprescindible. Mi opinión es que ningún menor de 14 años debería disponer de elementos tecnológicos y hacer uso de los mismos sin ninguna supervisión adulta. Hace tiempo que se aconseja   tomar esta precaución con respecto a la televisión, pero ahora hay que hacerla extensiva a otros artilugios. Quizás nos ayude a comprender lo que entendemos por supervisión si nos fijamos en el uso de la televisión en casa. Normalmente se aconseja que los niños no la vean solos, sino en compañía de un adulto que pueda garantizar la idoneidad de los contenidos y el tiempo de permanencia delante del aparato. Para asegurarnos de que el niño o la niña no enchufa la televisión sin la autorización de un adulto, estos electrodomésticos suelen llevar un control parental, una clave que impide la conexión a quien no la conoce. Este sistema parece suficiente para que no haya problemas. Sin embargo, los datos nos están diciendo que son los propios adultos los que se saltan estos controles, y que demasiados menores pasan muchas horas ante el televisor sin supervisión adulta y sin control sobre los contenidos. Y es que hay muchas ocasiones en las que la familia decide que la  televisión sea el canguro de los hijos. Es más, ya hace tiempo que se contempla con preocupación cómo aumentan los niños y niñas que disponen de televisión en su habitación. Con la excusa de que así se evitan discusiones sobre qué canal ver, niños y niñas pueden disfrutar de la televisión en sus habitaciones a cualquier hora, saltándose las franjas de programación infantil y robando horas al estudio y al sueño sin que sus padres sean conscientes de ello. Es un problema grave. Sin embargo, la televisión no ofrece al chaval más que dos tipos de opciones: encender o apagar y elegir un canal u otro. ¿Podemos imaginar en qué medida  aumentan las probabilidades de actuaciones incontroladas cuando lo que hay en la habitación del niño no es una televisión, sino un ordenador, o una videocónsola, o ambas cosas? Las posibilidades de interactuar con la máquina son infinitas: jugar, acceder a Internet sin ningún tipo de limitación, navegar por todo tipo de páginas, chatear , enviar y recibir correos electrónicos, ver vídeos, escuchar música, ... También es posible estudiar y hacer trabajos para clase. En realidad, es el argumento para adquirir el ordenador, pero no es el mayor aliciente para los chavales, que imaginan alborozados todo lo que van a poder hacer con él. Si el equipo se instala en su habitación estamos tomando una decisión mucho más peligrosa que cualquiera de los virus que pueden afectar al ordenador. Estamos dejando sola ante la red a una persona que no dispone de elementos de juicio para valorar cuándo se está pasando de tiempo, qué problemas puede encontrar en determinadas páginas o en qué problemas se puede meter si no se anda con cuidado. Nos da mucho miedo Internet, pero dejamos al chico a solas con esa bestia tan peligrosa. Los mayores peligros no tienen que ver con el contenido de la red, sino con las consecuencias de una atención excesiva al ordenador, que puede derivar en problemas de sueño, bajo rendimiento escolar, dispersión, etc. Justamente lo contrario de lo que se buscaba con su compra.

¿Quién puede acceder al ordenador y con qué permisos?

El lugar es, pues fundamental para que el ordenador se convierta en nuestro colaborador y no en nuestra pesadilla. Si lo colocamos en un lugar que es frecuentado por toda la familia, garantizamos que haya un control general de la actividad que se genera en torno a la máquina y un autocontrol por parte de los usuarios. Pero siempre habrá momentos en los que un menor estará solo en la habitación del ordenador. Por eso es importante que sólo los adultos tengan la capacidad de poner en marcha el equipo. Eso significa que hay que proteger el inicio de sesión con una contraseña y, casi tan importante como eso, que hay que acostumbrarse a bloquearlo cuando el adulto deja de utilizarlo y se va del lugar. De esta forma no hay duda de que el niños sólo usará el ordenador cuando el adulto quiera y dejará de usarlo cuando el adulto lo decida. Si se ha pactado antes el horario, mucho mejor, pero si no, hay que ejercer de padre o madre y tomar decisiones impopulares. Probablemente con esto es suficiente para el uso responsable del ordenador por parte de los menores de 14 años. Pero sin duda hay muchas circunstancias en las que la norma general no podrá cumplirse y el chico o la chica estará solo en casa y "deberá" utilizar el ordenador. En estos casos hay que tomar medidas adicionales de las que hablaremos en otro momento.



En cuanto al móvil, aunque también pienso que no debería dejarse en manos de menores de 14 años, sé que choco con la realidad de una inmensa mayoría de chavales de estas edades que disponen de móvil propio. aquí ya hemos llegado tarde para la abstinencia. Habrá que pensar en medidas de reducción de riesgos.