A finales del siglo pasado, Ulrich Beck escribió una obra que ayudó a entender la evolución de la sociedad en los años posteriores a la guerra fría. Beck se fijó en un acontecimiento trágico: la catástrofe de Chérnobil. La dimensión del desastre fue tan grande que el mundo tomó conciencia del riesgo que corría: era un riesgo global. Se rompía una ensoñación en la que parecía que todo estaba bajo el control del ser humano. Se había progresado tanto en todos los campos de la industria y de la ciencia que nada podía ocurrir si no estaba previsto. Sin embargo, un accidente nuclear sembraba el pánico en todo un continente. No era posible controlar una obra humana, como tampoco se podía controlar a las fuerzas de la naturaleza. La velocidad de vértigo a la que se producían los avances teconológicos había eliminado de raíz la importancia de la tradición. El pasado ya no podía decir nada a este futuro controlado y tecnocrático. Y ahora que se asumía la conciencia de un riesgo incontrolado, faltaban referentes para encontrarle sentido. El pensamiento social evolucionó, la política se tiñó de todos verdes procedentes de la militancia ecologista y, al mismo tiempo, los poderosos descubrieron que si controlaban el miedo controlaban a la gente. En efecto. El miedo no deja de ser un constucción humana, que no siempre se corresponde con la realidad. Depende de muchas variables y, alimentado convenientemente, puede utilizarse con fines diversos. El pasado ha perdido su sentido. El futuro es incierto, ¿qué recurso le queda al ser humano para tener alguna esperanza de perdurar en el tiempo? Los niños. La infancia se convierte en objeto de cuidados y protección. Es la única referencia de trascendencia, de superviviencia de la especie humana. Y es un bien escaso, sobre todo en Occidente, donde cada vez se tienen menos hijos. La idea de proteger, de tutelar permanentemente, de evitar a los niños cualquier tipo de situación de riesgo, se incorpora a todas las facetas de la vida. Se vive la tensión entre la obsesión por proteger y la conciencia creciente de que los riesgos incontrolables son infinitos. Algo de esto ocurre también con las tecnologías y los menores. El mundo adulto está obsesionado por proteger a los niños de los peligros de las tecnologías, se pregunta continuamente por los peligros de la red y se escandaliza cada vez que se da un caso de agresión, de acoso, etc. Se quiere que los niños tengan a su alcance todos los avances de la informática de consumo, pero se teme que su uso pueda exponerlos a peligros de todo tipo. Se les dota de teléfonos móviles desde la mas tierna infancia porque así estarán localizables y podrán llamar en caso de emergencia, pero tambien hay que considerar las prevenciones que se expresan con respecto a los problemas de salud que pueden ocasionar los teléfonos móviles y las infraestructuras que son necesarias para su funcionamiento. Ponemos en manos de los niños herramientas potentes y útiles, pero no les adiestramos en el uso racional de las mismas, quizás porque nosotros no sabemos de eso. Y esas herramientas tienen un potencial que en manos de niños sin criterio pueder ser una bomba de relojería. Nos dan miedo los riesgos, amplificamos los sucesos en los que intervienen tecnologías y menores, pero no contemplamos la posibilidad de evitar que los usen hasta que adquieran el conocimiento que les permita una utilización racional. Y tampoco estamos en condiciones de supervisar permanentemente las relaciones de los menores con las tecnologías. Por eso caemos en la tentación de pensar que un programa informático o un sistema de filtrado nos van a garantizar una navegación segura para nuestros hijos. Nadie puede garantizarnos eso, sobre todo si no somos capaces de aguantar unos años antes de dotarles de móviles y ordenadores. |
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